La historia estudia el conjunto de acontecimientos que inciden en la transformación del mundo y las sociedades. La base de la historia es la acción humana, al desarrollarse en determinadas condiciones y coincidir en un momento con ciertas contingencias, genera un acontecer. Por tanto, es un proceso abierto, en permanente construcción, actualización y reconstrucción conforme al actuar de los sujetos y las sociedades. Tiene un carácter infinito, de devenir.
Peter Burke explica que la historia es:
el estudio de las sociedades humanas en plural, destacando las diferencias entre ellas y también los cambios que han tenido lugar en cada una de ellas a lo largo del tiempo. Los dos enfoques han sido vistos muchas veces como contradictorios, pero es más útil tratarlos como complementarios: sólo comparándola con otras podemos descubrir en qué sentido determinada sociedad es única. (1997,12)
La orientación de complementariedad intrínseca en su definición es relevante porque favorece la comprensión de una sociedad, de una época histórica, de un suceso desde múltiples puntos de vista. Se desprende también de ella que los ámbitos de estudio se han reconfigurado en el tiempo conforme emergen nuevas corrientes, cuyos intereses se expresan en una variedad y actualización de relatos históricos.
Discernir sobre el relato de la historia nos conduce al campo de la historiografía. Historiografía es un término polisémico, refiere en términos generales a la forma de abordar la historia. En él es posible distinguir varias acepciones: el conjunto de escritos de los historiadores sobre un tema o periodo histórico; las escuelas o corrientes de estudio de la historia; y la forma específica del discurso de la historia, es decir cómo se escribe1. En este trabajo se revisarán algunas líneas generales de reflexión sobre historiografía del cine y también del discurso histórico, en tanto la ficción cinematográfica remite a una forma de narrar la historia.
Para abrir la discusión, se revisarán los planteamientos teóricos de Walter Benjamin, Erick Hobsbawm y Paul Veyne, quienes desde una postura crítica refutan los fundamentos de la concepción positivista de la historia. Sus propuestas en torno a la escritura de la historia incidieron en el surgimiento de nuevas corrientes historiográficas. El interés es reflexionar cómo se narran los temas históricos bajo la perspectiva de multiplicidad de las historias.
La corriente positivista define como objeto de estudio de la historia al pasado, considera al acontecimiento una verdad fáctica y se sustenta en los principios de universalidad, continuidad histórica, neutralidad, cientificidad, apego a las fuentes como criterio de conocimiento histórico y búsqueda del objetivismo. A partir de eso, el historicismo marca la distancia entre objeto y sujeto, historia y memoria, historia que se escribe e historia que se vive.
En el siglo XX surgen corrientes teóricas que desde diversos frentes formulan una crítica al historicismo. La Escuela de Frankfurt abre una vía de estudio, posteriormente en las décadas de 1960 y 1970 se consolidan escuelas historiográfias que, al coexistir en un tiempo común y tener el mismo afán de redefinir la historia, encuentran puntos de convergencia, algunas de ellas son la historia social británica, de orientación marxista y la corriente narrativista. En esas tres corrientes se inscriben los teóricos a revisar en este capítulo. Sobresale también la Escuela de los Annales y la historia de las mentalidades, con las cuales mantienen diálogo constante nuestros autores.
Desde su cercanía a la Escuela de Frankfurt2, Walter Benjamin cuestiona el carácter de representación y exaltación de la nostalgia en el enfoque positivista. Establece un debate en torno a esta concepción circunscrita a la visión del capitalismo y propone una relación diferente con los hechos históricos.
Un argumento central de su crítica es que en las condiciones existentes la historia reproduce la visión de la clase dominante. Es “en sentido estricto, una imagen surgida de la remembranza involuntaria” (Benjamin 2008, 58), invita a evocar un pasado impregnado de eternidad. Al mirar lo acontecido el historicismo elimina las contradicciones, antepone una postura de perfección que vacía de contenido real el pasado y le confiere perpetuidad al rememorar los hechos unidos a la proyección de lo alcanzable en el futuro. De tal forma, asimila la historia a la idea del progreso de la humanidad, de un avanzar constante y uniforme hacia el desarrollo.
Según el autor, el sentido del progreso es justificar el sometimiento en la sociedad capitalista. Es una noción desviada de la realidad, genera el ideal de prosperidad para toda la sociedad, de un auge sin término e indetenible. Tal concepción “sólo está dispuesta a percibir los progresos del dominio sobre la naturaleza, no los retrocesos de la sociedad” (2008, 26), desvanece las diferencias de clase y la opresión, mas en las condiciones capitalistas “el progreso es la catástrofe, la catástrofe es el progreso” (2008, 60). La historia así escrita contiene pretensión dogmática, olvidó incluir la acción proletaria y sus anhelos de emancipación, le faltó incorporar hechos y sujetos históricos, por lo cual su armazón teórica es limitada.
En contraposición, Benjamin propone establece una relación diferente con el pasado, no sustentada en la noción de progreso sino en las contradicciones, en hechos que incitan a la acción. Plantea: “una idea de la historia que se liberara del esquema de la progresión dentro de un tiempo vacío y homogéneo, volvería, por fin a poner en campaña las energías destructivas del materialismo histórico, que han permanecido paralizadas por tanto tiempo” (2008, 54). Las energías que refiere crean tres momentos destructivos en la comprensión del pasado: “deconstrucción de la historia universal, se deja de lado el elemento épico, ninguna empatía con el vencedor”. (2008, 53)
Rechaza la historia universal porque acumula hechos que llenan el tiempo homogéneo y vacío, siguiendo un principio aditivo. Su primera objeción es la forma de sumar acontecimientos con un nexo causal fortuito. Destaca la necesidad de reconocer que “ningún hecho es ya un hecho histórico solamente por ser una causa. Habrá de serlo, póstumamente, en virtud de acaecimientos que pueden estar separados de él por milenios.” (2008, 67). Considera más adecuado seguir un principio constructivo, sin atribuir antecedentes o consecuentes inciertos a los hechos.
Es necesario resaltar un hecho por sí mismo, construir la historia en lo parcial, no en la totalidad de lo universal, rebatir la noción de tiempo histórico como un continnum. La historia exige una construcción llena de lo que Benjamin denomina el “tiempo del ahora”, en tanto “articular históricamente algo pasado significa: reconocer en el pasado aquello que se conjunta en la constelación de uno y un mismo instante. El conocimiento histórico sólo es posible únicamente en el instante histórico.” (2008, 42). En cada instante existen muchas historias parciales, específicas, no aceptan la universalidad; incluir a los considerados débiles, recuperar la memoria de los oprimidos, es ver en conjunto las fuerzas históricas. Y el conjunto no implica lo universal.
Su segunda impugnación al historicismo es con relación al relato épico de la historia. La narración épica niega las tensiones, los aspectos contradictorios o criticables del pasado, es lineal, progresiva, ennoblece los hechos y sujetos históricos. Al contrario, señala, en la construcción narrativa se trata de detener y examinar la historia a la luz de sus rupturas, las acciones de lucha no suceden en condiciones planeadas, no esperan reconocimiento, son abruptas, una interrupción del continuum. Acercarse al pasado es construir la discontinuidad histórica y entender las tensiones.
En tercer término, deniega la empatía con el vencedor. La continuidad de los opresores se sostiene en el flujo narrativo de los triunfos que les favorecen, explica “los dominadores en un determinado momento son los herederos de todos los que alguna vez vencieron en la historia. La empatía con el vencedor beneficia siempre a los dominadores del momento” (2008, 55). Añade: “todos aquellos que se hicieron de la victoria hasta nuestros días marchan en el cortejo triunfal de los dominadores de hoy, que avanza por encima de aquellos que hoy yacen en el suelo. Y como ha sido siempre la costumbre, el botín de guerra es conducido también en el cortejo triunfal” (2008, 23). Ante eso, es imprescindible construir “una representación de la historia que evite toda complicidad con aquella a la que esos políticos siguen aferrados” (2008, 25).
Tal enfoque equipara la visión dominante de la historia a la visión dominante en la política. Los grupos dominantes vuelven perpetuo aquello que les resulta conveniente al correr del tiempo, mas al recurrir a las energías destructivas del materialismo histórico para entender el pasado se descubren los artificios de las imposiciones políticas. Para el autor, desarticular la postura dominante es una forma de intervención política.
Benjamin proclama que la finalidad de la historia es construir la multiplicidad de historias. Sus aportaciones son la revaloración de la acción colectiva en la transformación social y reconsidera el carácter político inherente a la historia.
Su método historiográfico se asienta en entender los momentos claves de la historia como ruptura. Escribir a partir del principio de coherencia constructiva se opone a la continuidad, porque “mientras que la relación del antes con el ahora es puramente temporal (continua), la del pasado con el presente es una relación dialéctica, a saltos.” (2008, 58). Desde el materialismo, el pasado surge de una experiencia única del acontecimiento, en su singularidad, en la existencia de hechos particulares que ejemplifican en su brevedad la totalidad de la historia. Enfatiza que “la historiografía auténtica no elige su objeto con ligereza. No lo toma, lo extrae haciéndolo saltar del curso histórico” (2008, 57). Su fundamento “es el principio monadológico. El materialista histórico sólo aborda el pasado allí donde éste se le presenta como una mónada” (2008, 72). Abordar un acontecimiento desde la unidad pasado-presente busca los núcleos de tensión, enredos que cristalizan como mónadas. Su función es:
hacer saltar a una determinada época del curso homogéneo de la historia, de igual modo que hacer saltar de su época a una determinada vida o del conjunto de una obra a una obra determinada. El beneficio de este procedimiento reside en que en la obra se halla conservado y superado el conjunto de la obra, en ésta toda la época y en la época el curso entero de la historia (2008, 31).
Así, la historia monádica usa el pasado para comprender el presente. Al mismo tiempo, construir la historia a partir de núcleos de tensión favorece la reflexión sobre los aconteceres, los ancla en el contexto cultural, va más allá de las relaciones económicas. El anclaje cultural, a su vez, abre la posibilidad de generar conocimiento histórico. Conocer la historia es, para Benjamin, un fin en sí mismo, no se justifica por sus efectos.
Con el afán de configurar una historia combativa, focaliza su interés en lo que el pasado oculta y cómo contribuye al sometimiento actual. El presente es considerado por el autor un concepto político, porque suele ser alterado muchas veces3, adquiere movilidad, se desplaza. Eso abre la posibilidad de narrar en múltiples formas la historia, plantea: “este concepto de un presente que no es tránsito, sino en el cual el tiempo está firme y ha entrado en un estado de detenimiento, es algo a lo que la dialéctica materialista no puede renunciar. Puesto que este concepto define precisamente el presente en el cual, en cada caso, se escribe la historia” (2008, 70). Utilizarlo “está en la base de la actualidad de una historiografía auténtica” (2008, 49).
Sugiere construir desde el presente la historiografía de los revolucionarios, como paso previo a la transformación social. Es importante incluir en la narración del pasado a los olvidados, los oprimidos, conocer la historia por ellos mismos. Reconocer su papel de sujetos históricos y en el escenario de lucha. La narración no épica reconoce la conciencia de clase del sujeto revolucionario, actúa con la determinación de acelerar la historia e influir en la discontinuidad histórica. Así, enlaza el conocimiento histórico con la praxis revolucionaria.
Benjamin considera que el historiador, como todo sujeto histórico, posee conciencia política. Tiene la capacidad de recrear la dinámica social y la complejidad de un proceso cultural, es decir la historicidad. Es un observador ya distanciado cuya tarea es “hacer saltar el presente fuera del continuum de tiempo histórico” (2008, 60), intenta entender la discontinuidad. Explica:
la capacidad del historiador depende de la agudeza de su conciencia para percibir la crisis en que el sujeto de la historia ha entrado en un dado momento. Este sujeto no es de ninguna manera un sujeto trascendental, sino la clase oprimida que lucha en su situación de mayor riesgo. En el instante histórico, el conocimiento histórico es para ella y únicamente para ella. Con esta determinación se confirma la eliminación del momento épico en la exposición de la historia (2008, 58).
La historiografía que propone el autor se fundamenta en el pensamiento dialéctico, la praxis y lleva implícita la utopía del despertar histórico. Esto es evidente en lo que denomina “función de la utopía política: iluminar la zona de lo que merece ser destruido” (2008, 59). Finalmente, Benjamin nos recuerda que “el cronista que hace la relación de los acontecimientos sin distinguir entre los grandes y los pequeños, responde con ello a la verdad de que nada de lo que tuvo lugar alguna vez debe darse por perdido para la historia” (2008, 19).
Sus reflexiones convergen con algunas propuestas de los historiadores de la escuela del marxismo británico4, entre ellos Erick Hobsbawm. Inmerso en el contexto del pensamiento político comunista, Hobsbawm discutió con la Escuela de Frankfurt, la Escuela de los Annales5 y tiempo después con la historia de las mentalidades y la teoría narrativista. Walter Benjamín, Georg Lukacs, Max Weber, Antonio Gramsci, Fernand Braudel, Lucien Febvre, Marc Bloch, son algunos intelectuales con los que dialoga. Desde su formación y permanente militancia marxista cuestiona la imposición vertical de la historia a partir de la visión de quienes dominan en un momento dado y, en contraparte, propone una construcción del pasado desde abajo.
La visión dominante de la historia se sostiene en la idea de innovación. El sujeto interioriza una noción de tiempo impregnada de ella. Según Hobsbawm, nos acercamos a la temporalidad y sus diferentes expresiones (pasado, presente y futuro) en forma subjetiva, asignándole un sentido. El pasado se asimila con lentitud en una sociedad mediante relatos y suele ser reconocido hasta adquirir la categoría de mito o de ritual, de manera que coexiste con el presente en un contexto histórico, siendo el límite entre ambos casi imperceptible. Los cambios se asimilan de forma gradual “bien sea mediante una modificación tácita del sistema de creencias, bien complicando el marco ideológico, o de cualquier otro modo” (Hobsbawm 1999, 25). Sin embargo, en ocasiones se pierde abruptamente la relación y se sustituye por desdeño al pasado, explica:
el problema del rechazo sistemático del pasado surge cuando se admite que la innovación es a un tiempo inevitable y aconsejable desde un punto de vista social: es decir, cuando es sinónimo de <<progreso>>. Esto plantea dos cuestiones distintas: cómo se llega a reconocer y legitimar la innovación como tal innovación, y qué forma asume la situación derivada de ella (es decir, cómo se formula un modelo de sociedad cuando el pasado ya no puede proporcionarlo) (1999, 30).
La ruptura suele manifestarse como una desestimación de lo que parece referir a estancamiento, antiguo e inmovilidad social. Mas el predominio del pasado no es necesariamente inmovilidad social, “es compatible con periodos de cambio histórico de carácter cíclico, y por supuesto, con el retroceso y con la catástrofe (o, lo que es lo mismo, con el fracaso del intento de reproducir el pasado)” (1999, 24). Por otro lado, también se tiende a mitificar el futuro equiparándolo al progreso, se da un rasgo proyectivo a la historia con la intención de mantener la continuidad de las glorias obtenidas. La visión dominante hereda una idea que elige y oculta hechos a conveniencia, tergiversa acontecimientos según intereses políticos6. A pesar de esos equívocos, considera que la sociedad “no ha destruido completamente toda la herencia del pasado, sino que la ha adaptado de forma selectiva” (Hobsbawm 1998, 23).
El historiador tiene como tarea develar la visión dominante y crear conciencia de clase. Hobsbawm define la historia como “el relato de la evolución de la sociedad humana en el tiempo” (2000,18). Al tratar de la sociedad, “la historia no puede prescindir de la conciencia, la cultura y la acción intelectual dentro de instituciones que sean obra del hombre” (1999, 78). A su parecer, el marxismo es el mejor método para acercarse a ella porque rescata las acciones de los seres humanos como sujetos y forjadores de la historia.
Construir la historia exige observar las transformaciones de la humanidad para entender cómo una sociedad cambia y las cosas o prácticas que preserva. Lo nuevo en el contexto y la forma de vida en coexistencia con lo antiguo. Esta es su prioridad, añade, “cabría definirla como el estudio que debe investigar la relación de las cosas que no son iguales con las que lo son» (1999, 82). Tal postura subraya la paradoja de la historia: “el pasado sigue siendo la herramienta analítica más útil para enfrentarse al cambio constante, aunque de una forma totalmente nueva” (1999, 29).
Advierte al historiador observar con precisión la disimilitud entre lo contemporáneo y el pasado, “tener cuidado con los anacronismos y con las diferencias que existen entre cosas que a primera vista parecen iguales” (1999,43). Si se centra en lo permanente “no podemos explicar lo que ha experimentado una evidente transformación, a menos que creamos que no es posible el cambio histórico, sino sólo la mezcla y la variación” (1999, 45). Tampoco si se piensa en el futuro, la historia “no cuenta con una fórmula magistral para averiguar cuáles serán las consecuencias exactas de dicho cambio, ni posibles soluciones para los problemas que probablemente creará o que tal vez haya creado ya. Pero sí puede señalar una dimensión del problema que tiene carácter urgente, concretamente la de la necesidad de la redistribución social” (1999, 47).
Hobsbawm estudia la historia con un enfoque social, integra “el descubrimiento de la cohesión lógica interna de los sistemas de pensamiento y comportamiento que encajan en la manera en que la gente vive en sociedad” (1999, 183). Sus motivaciones, problemas, carencias, reacciones y acción colectiva. Aclara, en la historia social7 “no nos ocupamos de fragmentos cronológicos sacados de un continuo de crecimiento o avance, sino de períodos históricos relativamente breves durante los cuales la sociedad se reorienta y transforma” (1999, 101).
La orientación social de lo histórico lleva a repensar el vínculo entre historia y ciencias sociales. Hobsbawm invita a analizar un acontecimiento en diálogo transversal con las ciencias sociales, eso enriquece su reconstrucción. Plantea que ningún campo de estudio puede desligarse de otras disciplinas al investigar las transformaciones sociales, necesariamente hay puntos de encuentro, momentos de reconciliación, “si los historiadores han recurrido de modo creciente a varias ciencias sociales en busca de métodos y modelos explicativos, las ciencias sociales han intentado de forma también creciente adoptar perspectivas históricas y para ello han contado con los historiadores” (1999, 76). La interrelación disciplinaria ayuda a revalorar la unidad de la disciplina histórica, la aproximación a un hecho es desde esa unanimidad, porque abarca diversos ámbitos de la vida, no es posible aislarlo o fragmentarlo. Pueden establecerse matices según el sentido a enfatizar, anota: “lo que no me parece bien es distribuir la carga histórica en una serie de contenedores que no se comunican entre sí. No existe historia económica, o social, o antropológica o psicoanalítica: sólo existe historia a secas” (1999, 79).
Siguiendo estos principios incursiona en la investigación de la historia desde abajo8, línea a partir de la cual intenta “explorar una dimensión desconocida del pasado” (1999, 208). Comenta que en el siglo XIX las sociedades mantenían el descontento social dentro de límites aceptables, la relación entre la clase de abajo y la de arriba no amenazaba el orden social, la gente de abajo o gente corriente “aceptó su condición de subalterna durante la mayor parte del periodo y se limitó a luchar –si luchaba- contra los opresores con los que tenía contacto directo” (1999, 206), no era parte de los acontecimientos políticos. Toma su lugar en la historia “sólo a partir del momento en que la gente corriente se convierte en un factor constante en la toma de tales decisiones y en tales acontecimientos. No sólo en momentos de excepcional movilización popular como, por ejemplo, las revoluciones, sino en todo momento o durante la mayor parte del tiempo” (1999, 206).
La historia de los de abajo fue uno de sus principales ámbitos de estudio, cuyo fin es “averiguar cómo funcionan las sociedades y cuándo no funcionan, además de cómo cambian” (1999, 218). Su teoría aporta a la historia el rescate de la pluralidad de sujetos, sus condiciones de clase y su acción política. La tarea de los historiadores es de carácter político, afirma, es un compromiso a favor de la justicia, son compiladores, cronistas y militantes de la historiografía, “cuya tarea consiste en recordar lo que otros olvidan” (1998, 13).
La historiografía abre vías críticas y denuncia el uso que se ha hecho del pasado para legitimar hechos o posturas del presente. Para Hobsbawm las transformaciones de la sociedad humana, “están sujetas a la mediación de varios fenómenos que son específicamente humanos (vamos a llamarles “cultura” en el sentido más amplio de la palabra) y obran por medio de varias instituciones y costumbres que son, al menos en parte, construcciones conscientes” (1999, 78). Es preciso ver las diversas mediaciones, apoyarse en investigaciones económicas, la reconstrucción de movimientos que dinamizan la historia, su vínculo social, la cultura, expresiones artísticas y la ciencia, en tanto formas diferentes de explicar el proceso de desarrollo de las sociedades.
En su quehacer historiográfico recuperó huellas disímiles intentando evitar un relato arbitrario de los hechos9. Concibió una relación dialéctica entre sujetos y estructuras, no determinista. Esta es una forma amplia de rescatar la historicidad de las clases populares y los diversos movimientos sociales10 como eje del cambio histórico.
El autor menciona que narrar la historia desde abajo es un trabajo con ciertos problemas técnicos, porque la información se obtiene de testimonios indirectos11. Recuerda que la mayor parte del pasado la gente era analfabeta, condición ante la cual es más común inferir sus pensamientos de sus acciones, “estamos en medio camino entre la opinión y la acción…las fuentes más finas son las que se limitan a registrar acciones pero que tienen que indicar implícitamente ciertas opiniones” (1999, 211). O bien se derivan de los sentimientos y los mitos, argumenta:
Un aspecto importante de la historia desde abajo es lo que las personas corrientes recuerdan de los grandes acontecimientos a diferencia de lo que sus superiores piensan que deberían recordar, o lo que los historiadores pueden determinar que en verdad sucedió; y en la medida en que convierten sus recuerdos en mitos, cómo se forman tales mitos. ..¿cómo podemos reconstruir o bien los sentimientos originales o la formación de los mitos? ¿podemos separar unos de otros? (1999, 210).
Rebeldía y libertad son dos conceptos claves en la historiografía de los de abajo, porque viven al margen de sistemas hegemónicos. Hobsbawm asevera que los participantes en un movimiento tienen cierta conciencia sobre su condición de clase, a la cual se puede acceder por las manifestaciones de agitación social. Al recrear la historia de movimientos obreros, campesinos y sociales premodernos y prepolíticos, a quienes en algún momento denominó en forma genérica rebeldes primitivos, incorporó sujetos históricos colectivos.
Los relatos en torno a personas reconocidas como símbolo de rebeldía en una sociedad y recordadas por romper el orden establecido, amplió su teoría. El autor inició la corriente de estudio del bandolerismo social, explica que los bandidos o bandoleros desafían el orden social, suelen ser personajes surgidos de una sociedad tradicional que actúan en ocasiones sin posibilidades de éxito en su lucha o, esporádicamente, son capaces de integrarse a un movimiento social amplio, e incluso llegar a ser bandidos de liberación nacional. El bandolerismo toma sentido en el contexto político, es manifestación de la resistencia colectiva a las injusticias y de una forma de enfrentar los conflictos sociales. De ahí Hobsbawm deriva una peculiar forma de entender otras acciones de lucha popular, como las guerrillas o el movimiento estudiantil.
Rescató en su historiografía también a la gente común, término que usó para narrar acontecimientos donde en algún momento tuvieron ocasión de participar personas que son parte de la vida cotidiana de un grupo. Directa o indirectamente, de manera contingente o quizá inconsciente, sin saberlo o teniendo conocimiento de ello pero sin comprender del todo su acción trascendente, propiciaron o apoyaron una transformación social, ya sea con sus actos, discursos o cualquier forma de expresión. No siempre su actuar tuvo una intención o decisión consciente, en la historia muchas veces así se estudia, señala, pero existen situaciones que caen en lo irracional, no son fáciles de explicar. Por lo cual reconoce los aportes de la historia de las mentalidades12 como un factor clave para acercarse a la complejidad del proceso cultural.
Asimismo, lo conduce a destacar el papel que juega el azar en la historia, porque no todo está previsto o tiene una explicación lógica. Contra el determinismo económico, pondera la interacción social, la integración colectiva espontánea, lo indeterminado en un colectivo o en un sujeto que actúa. Lo fortuito es un factor relevante en el actuar o no actuar de las personas, continúa la historia, ya sea que se avance entre contingencias y peripecias o éstas obliguen a detenerse. No es siempre posible definir el azar, pero incorporar su dinámica amplía la visión del proceso creativo, cultural y político que se vivió.
Cómo se narran los temas históricos fue una de sus preocupaciones. Observó cómo la modernidad aleja a las generaciones, desarraiga a la población y aculturiza. Eso lo hace enfatizar un reto de la historia: reflexionar cómo en el siglo XX se aceleró “la desintegración de las antiguas pautas por las que se regían las relaciones sociales entre los seres humanos y, con ella, la ruptura de los vínculos entre las generaciones, es decir, entre pasado y presente” (Hobsbawm 1998, 25), problemática mayor en el siglo XXI. Eso exige repensar las formas de escribir lo histórico.
Su propuesta apunta a construir la multiplicidad de las historias desde una configuración social y cultural, asumiendo la responsabilidad política ante la transformación social. Destaca a aquellos que forman parte de la gente común y la cultura popular. Por ello se considera que su teoría planteó una renovación del marxismo desde la historiografía.
Bajo una perspectiva diferente, los planteamientos del historiador francés Paul Veyne se insertan en el marco del giro lingüístico en la historia. Este movimiento desplazó el objeto de estudio de la historia hacia el lenguaje, porque los escritos y la realidad que sirve como fuente histórica son accesibles por el lenguaje y su condición discursiva. De tal manera, el discurso histórico se acerca al discurso literario, siendo la crítica textual o la discursividad las vías de estudio. Los representantes de esta corriente fueron denominados narrativistas13. La postura de Veyne en algún momento marxista y después muy cercana a Foucault, lo llevó a establecer una propuesta de carácter subversivo.
Conversa con los historiadores de la Escuela de Frankfurt, la Escuela de los Annales, el marxismo británico, la historia de las mentalidades y los narrativistas ingleses. Algunos intelectuales referidos en su obra son Wilhelm Dilthey, Max Weber, Henri Marrou, Marc Bloch, Paul Ricoeur, Benjamín y Hobsbawm.
El pilar de sus reflexiones es que la historia no es una ciencia, es una novela con pretensión de verdad, afirma: “los historiadores relatan acontecimientos cuyo actor es el hombre; la historia es una novela verdadera” (Veyne 1984, 10). Reconoce como principal objeto de estudio de la historia a los acontecimientos, que son “un fragmento libremente desgajado de la realidad, un conglomerado de procesos, en el cual cosas, hombres y sustancias en interacción se comportan como sujetos activos y pasivos” (1984, 37). Les atribuye un carácter diferencial, porque “un acontecimiento se destaca sobre un fondo uniforme” (1984, 15). Agrega: “el acontecimiento es diferencia y ya sabemos que lo que caracteriza el oficio de historiador y que le da sabor es, precisamente, extrañarse ante lo que parece evidente” (1984, 17).
Los acontecimientos son de carácter individual y singular porque ocurren en un momento dado irrepetible. El historiador los recupera de documentos o testimonios y tiene su límite en ellos, ninguno de ellos es el acontecimiento mismo. El hecho histórico nunca es aprehendido directa y plenamente, sino de forma incompleta y unilateral según la fuente. Enfatiza que un documento o fuente “es también y ante todo un acontecimiento, grande o pequeño. Podría definirse el documento como todo acontecimiento que haya dejado un vestigio” (1984, 45). En él convergen un número infinito de intrigas posibles, es inagotable, cualidad relacionada con “un aura de la que el especialista se impregna en contacto con los documentos pero que no es capaz de traducir a palabras (de ahí que se diga que los documentos son inagotables); la familiaridad con ese aura distingue al especialista del profano” (1984, 152).
Sin embargo, para Veyne los acontecimientos no son sólo los que ha incluido la historia tradicional (término con el cual refiere al historicismo), sino prácticamente todo acto de la vida cotidiana que deja huella. Rescata de la Escuela de los Annales la noción de lo no-acontecimental14, esos “acontecimientos que todavía no han sido reconocidos como tales: la historia de las comarcas, de las mentalidades, de la locura, o de la búsqueda de seguridad a través de los siglos. La historicidad de los no-acontecimientos será por tanto aquello de cuya existencia no tenemos conciencia” (1984, 24). Los no-acontecimientos se producen en el presente y demandan una nueva lectura del pasado, afirma, es importante considerarlos para ampliar el espectro histórico.
Considera que la historia se concentró mucho tiempo en la acción política, accediendo a ella con una falsa profundidad. Derivado de eso, está llena de “posibilidades abortadas, de acontecimientos que no han tenido lugar” (1984:79), ha dejado de lado muchas historias simultáneamente posibles. Con frecuencia desapasiona y hace perder valor a los objetos del pasado o, al contrario, trivializa las tragedias más espantosas de la historia contemporánea. Esa es una manera de obtener ventajas de la narración y desdibujar el quehacer histórico.
Dos son los aportes de Veyne que generan mayor polémica15. Una vertiente de discusión versa sobre el debilitamiento científico de la historia, su argumento clave es la indeterminación del campo histórico. Desde esa perspectiva la historia es un campo indefinido y “escribir historia es una actividad intelectual” (1984, 55), subjetiva. La historia se construye a partir de lo que el historiador desea abordar con relación a un acontecimiento, elige una trama libremente, vincula hechos y causas posibles en un relato. Su imparcialidad “estriba menos en el firme propósito de decir la verdad que en conseguir su objetivo, que consiste en no proponerse ningún fin salvo el de saber por saber” (1984, 51). El historiador guía su trabajo según ciertas interrogantes situadas en un tiempo, mas “los hechos no existen aisladamente, sino en mutuas relaciones objetivas; la elección de un tema de historia es libre, pero en cada tema elegido los hechos y sus relaciones son lo que son y nadie podrá cambiarlos; la verdad histórica no es relativa ni inaccesible, como si se tratara de una inefable superación de todos los puntos de vista, de un geometral” (1984, 34). Es decir, la historia es subjetiva pero el acontecimiento es objetivo, inalterable.
Al asimilar la construcción del relato a una novela, rebate que la historia sea una ciencia. En tanto “la historia parte de que cuanto ha existido merece figurar en ella; no puede elegir y limitarse a lo que es susceptible de explicación científica” (1984, 170). A diferencia de la ciencia, la historia carece de método, no puede formularse mediante definiciones, leyes o reglas, eso no permite comprender hechos concretos, “todos los seres históricos sin excepción –psicosis, clases, naciones, religiones, hombres y animales – cambian y cada ser puede provocar cambios en los demás y viceversa, ya que lo concreto es devenir e interacción” (1984, 96). De ahí la imposibilidad de incluir el hecho histórico como parte de una especie, modelo o concepto, “no puede prejuzgarse la estructura explicativa que cada acontecimiento requiere” (1984, 183), se caería en la trampa de la abstracción que refiere a lo global.
Para el autor “teorías, modelos y conceptos son una sola y la misma cosa: el resumen de una trama dispuesto para ser utilizado” (1984, 83). Los conceptos son un problema, muchas veces desorientan a los historiadores debido a su diferencia con los empleados en las ciencias deductivas o naturales, en historia refieren a la experiencia sublunar, como denomina al mundo de lo vivido, lo cotidiano, lo terrenal. “Los conceptos sublunares son perpetuamente falsos, porque son imprecisos, y son imprecisos porque su propio objeto se modifica sin cesar” (1984, 95), su objeto es la experiencia humana, la vida. Carecen de límites exactos, no son fijos, son paradójicos y cambiantes, “no se trata sólo de que hayan cambiado, sino de que no incluyen invariante alguno que haga de soporte de su identidad a través de los cambios” (1984, 95). Reflejan la complejidad del mundo y de la historia.
Lo sublunar es del orden de lo probable, lo no determinado16. Las probabilidades de que ocurra un acontecimiento enfrentan riesgos, incertidumbre y lo desconocido17. Veyne explica: “los conceptos históricos son extrañas herramientas. Permiten comprender por qué están cargados de un sentido que desborda cualquier definición posible y, por esa misma razón, son una continua amenaza a incurrir en contrasentidos” (1984, 88). Suelen ser universales inexistentes, una imagen genérica, suscitan falacias. Bajo el historicismo se petrifican los conceptos históricos y eso los vuelve imprecisos, sólo una representación que provoca ilusión intelectiva18. “Los conceptos son una fuente continua de contradicción, porque tienen un efecto trivializador y no pueden transferirse sin reservas de una época a otra” (1984, 142).
El historiador trabaja en el ámbito del conocimiento concreto, del devenir, conceptualizar le exige entender que eso que es podría no ser, que “las <<cosas>> podrían haber sido de otra manera” (1984, 71). La conceptualización debe ir más allá de las fuentes y teorías de otros tiempos, agrega:
La clasificación de los acontecimientos en categorías exige el estudio histórico previo a tales categorías, so pena de clasificarlos erróneamente. De igual manera, si se usa un concepto como algo evidente, se corre el riesgo de cometer un anacronismo implícito, a causa del carácter vago y de las connotaciones que encierran los conceptos sublunares, y a la gama de asociaciones de ideas que suscitan (1984, 94).
Por ello, los conceptos son del orden del sentido común independientemente de su origen, que podría considerarse culto, Veyne invita a diferenciar doxa y episteme, conocimiento científico y cotidiano. Ubica la historia dentro del conocimiento cotidiano, donde convergen causas materiales, fines y el azar mismo. Comenta que para comprender el pasado no hay más que mirarlo con los mismos ojos que nos bastan para comprender el mundo que nos rodea, no aplicamos métodos generales sólo observamos su particularidad.
Si bien asevera que la historia no tiene método, si abarca una crítica y una tópica. La crítica problematiza la interpretación de los hechos históricos, “el primer deber del historiador es fijar la verdad, y el segundo hacer inteligible la trama. Existe una crítica histórica, pero no un método histórico, ya que no hay un método para comprender” (1984, 139). La crítica tiene que ser fundamentada, “la historia, a falta de método, requiere poseer una determinada cultura” (1984, 139). El historiador trabaja considerando desde su especialización cómo se amplía la cultura histórica, “pero es una cultura, y no un saber; estriba en la posibilidad de disponer de una teoría de las categorías generales y de plantarse un mayor número de interrogantes sobre el hombre, pero no en la responder esos interrogantes” (1984, 139). Recupera el arte de interrogar, la heurística. Así, la crítica permite ver las fuerzas en juego y hace surgir lo oculto, oscurecido o vagamente enunciado, mas, advierte, no debe limitarse a revelar que hay máscaras falseando la realidad, sino ir más allá, considerarlas huellas con cierto tipo de verdad a partir de las cuales se pueden reconstruir hechos históricos.
La tópica de la historia se incrementa con la experiencia al acumular temas del devenir de la historia, comparar casos y documentos. A su vez, amplia el catálogo de interrogantes del historiador ante una fuente, “cabe imaginar ese cuestionario ideal como un catálogo de <<lugares comunes>> o topoi y de <<verosimilitudes>> (1984, 144). Veyne considera que los topoi “son fruto de una historiografía no-acontecimental. En efecto, por lo general, los rasgos sobresalientes de una época, los que deberían saltar a la vista, los que tienen suficiente importancia para ser acuñados como topoi a cualquier fin heurístico, son los que menos resaltan” (1984, 148).
Esto le permite afirmar que resulta irrelevante pensar en una línea de evolución histórica, en su progreso, “el único progreso aplicable al conocimiento histórico es la ampliación de los repertorios de lugares comunes: la historia no podrá nunca darnos más lecciones de las que ya nos da, pero puede seguir multiplicando las interrogantes” (1984, 152). De igual manera resta importancia a pensar en la profundidad en la historia, un acontecimiento no es menos eficaz que otro. Sostiene que “el mérito de un historiador no consiste en pasar por profundo, sino en saber a qué humilde nivel funciona la historia; no estriba en tener opiniones trascendentales, ni siquiera realistas, sino en enjuiciar acertadamente lo mediocre” (1984, 79). En mostrar desde diferentes frentes un acontecimiento y rescatar las fuerzas presentes.
El aporte de Veyne es plantear la posibilidad de llegar a una historia integral, lo cual requiere superar tres limitaciones: “la contraposición entre lo contemporáneo y lo histórico, la convención del continuum y la óptica de los acontecimientos” (1984, 196). Es decir, incorporar en la trama la relación pasado y presente, la discontinuidad histórica19 y los acontecimientos episódicos y no episódicos. Enfatiza “la primera obligación del historiador no consiste en ocuparse de un tema, sino en crearlo. A esta historia en libertad, que se ha desprendido de sus limitaciones tradicionales, es a la que denominamos historia integral” (1984, 195).
La segunda polémica vincula la actividad narrativa con la comprensión de la historia. Regresa al argumento de escritura del relato histórico como una novela con pretensión o exigencia de veracidad. Es un sistema abierto, donde se insertan hechos cuya causalidad existe sólo en función de una trama elegida. La trama enlaza acontecimientos, ellos no poseen unidad natural ni articulación, “no son totalidades, sino nudo de relaciones: las únicas totalidades son las palabras –guerra o don- a las que con entera libertad atribuimos mayor o menor alcance” (1984:39).
Conforme a ello, el acontecer sólo tiene sentido dentro de una serie. La serie implica un conjunto de acontecimientos autónomos, no enlazados lógica o causalmente, no lineales, se cruzan en infinidad de estados. Dada su condición de potencia, no hay una serie única posible, su número es indefinido. Es impreciso determinar jerarquías en la serie sin caer en subjetivismo, en tensiones múltiples. En lo que si se apoya la serialización es en el análisis de causas hipotéticas20.
El autor considera que la tarea de la historiografía “estriba más en hallar las preguntas que en encontrar respuestas a ellas” (1984, 151). Destaca además que para que el historiador encuentre respuestas “la existencia de documentos es condición necesaria, pero no suficiente” (1984, 151), investiga y luego tiene que construir tonos y una atmósfera en torno al acontecer. “La historia es anecdótica. Nos interesa porque relata, como la novela” (1984, 19). La historiografía se determina por la voluntad de saber, es además “una lucha incesante contra nuestra tendencia al contrasentido anacrónico” (1984, 34).
Existe una multiplicidad de posibilidades de trama en torno a un acontecer. El historiador aborda el fenómeno desde diversos planos y no en orden cronológico necesariamente, “la palabra trama tiene la ventaja de recordar que lo que estudia el historiador es tan humano como un drama o una novela” (1984, 34). Según Veyne, la trama teje la historia, es el vínculo de unidad del relato, “una mezcla muy humana y muy poco científica de azar, de causas materiales y de fines” (1984, 34). En la trama no cabe el determinismo ni la totalidad, “puede ser un corte transversal de diferentes ritmos temporales o análisis espectral, pero seguirá siendo trama por ser humana y no por estar sometida al determinismo” (1984, 34). Es una narración horizontal que articula un número indefinido de historias parciales legítimas.
La trama organiza la narración en episodios y a partir de intrigas. Cada episodio de la trama desarrolla las causas (un acontecimiento) y entrelaza con otras paralelas. El número de causas es infinito “por la sencilla razón de que la comprensión de las causas sublunares –es decir, la historia- consiste en una descripción, y porque el número de descripciones posibles de un mismo acontecimiento es indefinido” (1984, 117). Los episodios de la trama se construyen pensando en favorecer la comprensión del acontecimiento, “lo que llamamos causa no es nunca más que una de las muchas que puede atribuirse a un proceso; su número es indefinido y sólo es posible distinguirlas dentro del orden del discurso” (1984, 101). Las cosas pudieron ser de otra manera, tener otra trama según otras elecciones igual de válidas21.
Las causas descubren elementos del mundo: cosas materiales, la libertad de decisión y, en la acción humana libre existe el azar, la sorpresa, el accidente o imprevisible. Define la causalidad histórica como “la causalidad de nuestra vida cotidiana, del mundo sublunar” (1984, 98). En lo sublunar, explica, los factores son de tres clases: “Uno es el azar, también llamado causas superficiales, incidente, genio u ocasión. A otro se le denomina causas, condiciones o datos objetivos; nosotros lo llamaremos causas materiales. El último es la libertad, la reflexión, que denominaremos causas finales. El menor <<hecho>> histórico, siempre que sea humano, implica esos tres elementos” (1984, 72).
Cada factor es indispensable, la distinción entre ellos es una abstracción, porque “mientras haya hombres, no habrá fines sin medios materiales, los medios sólo serán medios en relación con los fines, y el azar no existirá más que para la actividad humana” (1984, 73). La explicación histórica puede profundizar en alguna de esas causas. Si en la explicación histórica se pone de relieve lo material, estamos ante la visión marxista de la historia; al resaltar los fines, se entra a la concepción idealista de la historia; si es el azar lo enfatizado, tenemos una concepción clásica de la historia donde la fortuna trastoca los planes. La trama debe integrar los tres en forma similar para tener unidad, la cual consiste en integrar factores disímiles. “Si un acontecimiento puede estar presente en varias tramas, también puede suceder, invirtiendo los términos, que un acontecimiento esté integrado por datos pertenecientes a categorías heterogéneas” (1984, 36).
Las intrigas son los conflictos que articulan el drama en la trama. Construyen el relato en forma dialéctica. Son incidentes, inconvenientes, tropiezos o complicaciones que mantienen el interés. Es la fuerza que unifica, genera tensión y moviliza pensamientos y emociones22. Ahora bien, en la trama no siempre es fácil distinguir acontecimientos de lo ficticio, los hechos “sólo existen en y por intrigas en las que adquieren la importancia relativa que les impone la lógica humana del drama” (1984, 74). Sin embargo, el drama histórico aspira a mantener una narración verídica, a diferencia de la novela, al historiador le interesa la verdad.
La verdad histórica pertenece a la dimensión de lo cognitivo, porque el historiador pretende que se comprenda cómo fue el pasado. Mostrar el desarrollo de la trama, hacerla comprensible, es la forma de explicar del historiador, al documentar suficientemente un relato lo hace claro. Lo narrado probablemente fue verdad, o quizá haya algo de falso, no se puede verificar. Lo cual no implica evadir la exigencia de integrar con unidad una trama ampliando episodios e intrigas. La pretensión de verdad radica, a decir del autor, en captar la experiencia humana, describir la vivencia temporal; no puede hacerse en forma directa porque no hay referentes fijos.
En el ámbito histórico cambia siempre la forma de acercarse y preguntar al pasado, no es posible jerarquizar convenciones o tendencias sin realizar sesgos. Veyne recuerda que cada caso es particular, se comprende y analiza en el transcurso de una reelaboración constante, “la historia parte de la trama que ha elegido y su tarea consiste en llegar a comprenderla enteramente, y no en amañarse un problema a su medida” (1984, 74). Ampliar la observación lleva a captar la dinámica compleja de un proceso, la historicidad. Su propuesta aporta una revaloración de la trama, la coloca al mismo nivel de la historia.
Sobre la relación entre historia y conciencia expone: “no hay conciencia histórica ni de la historia y bastará suprimir la palabra conciencia, referida al conocimiento histórico, para que se disipe tanta confusión” (1984, 55). Lo explica así: “el conocimiento del pasado no es un dato inmediato, la historia constituye un ámbito en el que no puede haber intuición, sino únicamente reconstrucción, y en el que la certidumbre racional es sustituida por un saber fáctico cuyo origen es ajeno a la conciencia. Todo lo que ésta sabe es que el tiempo pasa” (1984, 56). Añade “todo lo que la conciencia conoce de la historia se limita a una estrecha franja del pasado, cuyo recuerdo está todavía vivo en la memoria colectiva de la generación actual” (1984, 57).
Afirma que la acción no se origina en la conciencia histórica, asumirlo así es mantener la supremacía de la historia política. Se pregunta “¿por qué los intereses de clase habrían de tener el inexplicable privilegio de falsear nuestro pensamiento más que cualquier otro aspecto de la realidad?” (1984, 131). Hay que descentrarla de la política. No sólo refuta el carácter político de la historia, sino también su cualidad revolucionaria, aclara “no puede escribirse de forma revolucionaria, del mismo modo que no puede dejar de ser historia cotidiana” (1984, 176). Su postura es que con frecuencia no sabemos explicar la lógica de nuestros actos y actuamos sin saber los motivos, “la acción del hombre supera con mucho a la conciencia que tiene de ella; la mayoría de las cosas que hace no tiene contrapartida en su pensamiento ni en su afectividad” (1984, 133). Responde más a lo habitual, o a razones ocultas, a la subjetividad.
Veyne argumenta: “la historia no afecta el ser íntimo del hombre y no cambia profundamente el sentimiento que éste tiene de sí mismo” (1984, 58). El interés por el pasado deviene de la pertenencia a un grupo, de la curiosidad, conocerlo es atractivo por anécdotas o interés intelectual. La historia es actividad cultural, no conviene ver resultados esporádicos cual esencia, “la historiografía es un acontecimiento estrictamente cultural que no implica una nueva actitud ante la historicidad, ante la acción» (1984, 61). La historiografía es circunstancial, “como siempre ocurre en la historia, el nacimiento de la historiografía es un accidente contingente; no se deriva esencialmente de la conciencia que tienen de sí los grupos humanos, ni va unida como una sombra a la aparición del Estado o de la conciencia política” (1984, 60). Concluye “la cultura, como la historia entera, se compone de acontecimientos concretos y no puede prejuzgarse la estructura explicativa que cada acontecimiento requiere” (1984,183).
Su teoría asume la historia como un conocimiento desinteresado, un acto autónomo y de libre albedrío, indescifrable, donde coexisten ideas contradictorias. Su afirmación posee mucha fuerza, porque la actividad cultural no se determina sólo por factores racionales, políticos o económicos, pensarlo así resta importancia al poder de creación, a la posibilidad de libre expresión, reduce al mínimo el dominio que puede tener sobre su creación un historiador o autor más allá de los aprisionamientos de cualquier índole. Al contrario, el acto creativo es reflejo de la posibilidad de transformación permanente del hombre, no es explicable en términos de lo racional, es su condición de creador, que deja asomar elementos de la mentalidad y sensibilidad.
Los planteamientos de los tres autores dan pautas para entender cómo se explica hoy un tema de historia: como un proceso abierto, donde fluye una gama de acontecimientos muy amplia, cuyas posibilidades de expresión tienen un valor indiferenciado. En la historia no hay progresión sino rupturas y recomposición de los acontecimientos al plantearse nuevas interrogantes. En las teorías seleccionadas los puntos de convergencia son: la exigencia de incluir acontecimientos, fuentes y sujetos históricos diferentes; la concepción de múltiples historias; el enfoque de discontinuidad y el principio constructivo de la historia.
Expresión cinematográfica de la trama histórica
Es claro que estas teorías se conciben con base en la historia escrita. No obstante, permiten pensar en algunos puntos clave del discurso en una película histórica, como ¿cuáles son los acontecimientos que relata? ¿qué relación hay entre ellos? ¿cuáles son las fuentes a las que recurre? ¿son explícitas o no visibles? ¿qué sujetos históricos aparecen en las películas? ¿aborda una o múltiples historias? ¿existe un punto de convergencia entre ellas? ¿cómo relaciona pasado y presente? Estos elementos son base de la construcción de la historia en el cine, lo cual es un proceso difícilmente equiparable a la historia escrita, pero sobre los cuales es indispensable pensar desde el inicio, cuando se escribe el guión. Los cineastas con frecuencia solicitan asesoría de historiadores a lo largo del proceso de realización de una película, además de insertarse ellos en la investigación de los temas a filmar23.
Los puntos de encuentro entre los teóricos revisados, en cuanto a la concepción del acontecimiento permiten definirlo como un hecho irrepetible, algo sucedido en un momento de la historia cuya fuerza generó un cambio registrable en la humanidad, como expresión de la ruptura de estructuras económicas, políticas, sociales o culturales. Es imprevisible, está al margen de la normatividad, determinismos o la categorización, tiene múltiples formas de manifestación no siempre fáciles de definir, e incide en todos los aspectos de la vida. Es intemporal, establece una relación entre las diferentes expresiones del tiempo: algo sucedió en el pasado, pero refleja el presente de una sociedad o una época en que tuvo lugar y, sólo toma sentido en el futuro, en la distancia, al adquirir trascendencia. Otra característica es que implica un juego de fuerzas que originan núcleos de tensión, el acontecer precede a las fuerzas, éstas se reorganizan tras el hecho y recomponen el entorno donde sucede.
La historia sólo puede rememorar y relatar hechos que ya no existen, recordar los acontecimientos en su ausencia, en un intento por generar una idea de cómo fue el pasado y cómo transformó las formas de vida. El historiador interpreta la historia, da sentido a los acontecimientos, los cierra en un relato, ordena los relatos e integra la posibilidad de obtener un conocimiento histórico. Visto así, relato y acontecimiento son inseparables. El ser narrable es la condición afirmativa del acontecer. En el proceso de reconstrucción y relato del acontecer hay muchos sentidos, cada interpretación elige los sujetos y datos históricos a incorporar y destaca una postura determinada, con lo cual debilita o tiende a cancelar otra multiplicidad de acontecimientos. En consecuencia, el acercamiento a la historia es mediante una diversidad de historias que narran los devenires del pasado.
En cuanto a la historiografía, los autores revisados coinciden en varios puntos que reiteran o complementan sus reflexiones sobre la historia: la idea de multiplicidad de sujetos históricos, puntos de tensión y tramas; el vínculo entre el pasado desde el presente y, el carácter cultural de la historia. El interés en estos teóricos radica en tales concordancias, principalmente en el último punto: el vínculo con el contexto cultural. Porque nos permite pensar que si bien la escritura de la historia está atravesada por relaciones de poder, las supera incluso y permite pensar en cierta libertad al narrar.
En una película, los acontecimientos seleccionados para recrear la trama son también irrepetibles, imprevisibles, intemporales y generan tensión. O al menos así se espera que sean para mantener la atención del espectador y volver comprensible la historia. El uso de recuerdos y otras formas subjetivas de presentar audiovisualmente el pasado, la variedad de sujetos históricos, las intrigas y dramatismo en la trama, una lectura del pasado desde el presente y el contexto de una época, dan forma a los juegos entre acontecimientos y situaciones. De otra manera se cae en una presentación mediatizada de la información, carente de la complejidad característica de los temas históricos.
Ahora bien, si se observan las diferencias entre las teorías, de Benjamin rescato la preocupación por evitar la narración épica; de Hobsbawm el enfoque de reflejar la transformación social evidenciando qué cambia y qué se conserva; de Veyne los elementos que dan unidad a una trama: causas materiales, fines y azar. Porque tales factores transferidos al contexto de nuestro interés permiten pensar en la posibilidad de generar una narración fílmica sugestiva, con un discurso histórico complejo, ampliamente contextualizado, que con un propósito operativo podemos denominar trama histórica. Una trama histórica puede reforzar, interrogar, refutar o ironizar la historia dominante, o reconstruir otras historias desde abajo. Las posibilidades de recrear una trama son infinitas, eso explica la potencia que encuentra el cine, en su carácter de práctica cultural, de trasladar un relato de la historia escrita al medio cinematográfico.
Vemos entonces las conexiones entre la reflexión histórica y la narración en una película:
- Primeramente, expresan diferentes formas de escribir la historia fílmica. Una variedad de procesos y tópicos favorece el enriquecimiento de la realización cinematográfica al reflexionar en lo que existió en una época o cuáles son las condiciones necesarias para expresar la fuerza del acontecimiento.
- Cuestionan los riesgos que se asume al abordar la historia, los sesgos o inconsistencias que se pueden crear consciente o inconscientemente en una película.
- Permiten ponderar cómo una cinta reconstruye la riqueza de un acontecimiento y de los sujetos históricos
- Invitan a debatir si el cine abre la posibilidad de problematizar sobre el pasado
- Favorece pensar qué ha agotado el cine histórico mexicano y qué necesita para renovarse.
En síntesis, el cine histórico tiene potencial para abordar la historia. Puede representarla de diversas maneras si la conecta con acontecimientos de la historia reciente, con las transformaciones sociales, culturales, políticas e historiográficas. En su propia manifestación de los cambios crea su propio devenir.
Notas al pie
- Aunque los límites entre las definiciones no son precisos, para entender un conjunto de escritos o una escuela historiográfica, se precisa revisar los intereses que su escritura refleja y, para comprender un discurso histórico es necesario ubicarlo dentro de un conjunto de escritos y situarlo a partir de las corrientes historiográficas.
- La escuela de Frankfurt desarrolló estudios culturales a partir de una revisión de las teorías de Hegel, Marx y Freud, entre otros teóricos. Sus preocupaciones centrales fueron la crítica a la razón instrumental, la identificación de las raíces de la barbarie en la civilización, la lucha por la emancipación y la libertad, el estudio de las industrias culturales y del conocimiento en las ciencias humanas. Los principales representantes son Max Horkheimer, Theodor W. Adorno, Herbert Marcuse, Walter Benjamin, Friedrich Pollock, Félix J.Weil, Leo Lowenthal, Erich Fromm, y Jurgen Habermas. Benjamin escribe las reflexiones y notas que conforman su obra Tesis sobre la historia.
- Al abordar la noción de presente refiere a Turgot, quien planteo: “antes de que hayamos podido informarnos de un determinado estado de cosas, ya este se ha alterado muchas veces” (2008, 70).
- Edward P. Thompson, Erick Hobsbawm, Maurice Dobb, Christopher Hill son algunos militantes del Partido Comunista que conformaron la corriente historiográfica del marxismo británico. El centro de su debate es la crítica al discurso histórico y cultural dominante. Con la intención de superar el determinismo economicista, reflexionan desde la cultura sobre las clases sociales, la conciencia de clase y la cultura popular, postulando que la lucha de clases tiene un componente económico, social y cultural.
- La Escuela de los Annales es una corriente vanguardista que incorporó una pluralidad de discusiones en busca de transformar la historiografía. Su propósito fue el estudio interdisciplinario de la historia, incluyendo conceptos y metodologías de las Ciencias sociales y los medios de comunicación, en un afán por comprender la experiencia humana en sus facetas de pensamiento, acción y expresión en un tiempo específico. Para los Annales el objeto de estudio de la historia no es el acontecimiento, sino el hecho social en su totalidad, propone construir los hechos a partir de la reflexión de una problemática en el tiempo social, que trascienda las coyunturas y el enfoque de la cronología. Desde una postura estructuralista, tomó distancia de la historia política, en beneficio de la historia económica, social y cultural. Eso implicó un alejamiento del Estado al considerar que la historia ha reunido crónicas estatales y crónicas de individuos a conveniencia, los documentos históricos refieren a ese relato, es necesario revertir tal situación incorporando la historia de grupos y clases sociales. Samuel Arriarán (2007) explica que la primera generación de teóricos, Marc Bloch, Lucien Febvre y Fernand Braudel, desarrolló un enfoque socioeconómico y prefiguró la historia de las mentalidades; la segunda afirmó el carácter estructural y sociocultural de los estudios históricos con Jacques Le Goff al frente, en su periodo de mayor auge, entre 1960 y 1980; y la tercera trabajó sobre la reconfiguración del acontecimiento desde una perspectiva política y narrativa en el periodo comprendido entre 1980 y 1999. La diversidad de sus propuestas consolidó a la Escuela de los Annales como una referencia para el debate en la renovación de la historia.
- Hobsbawm argumenta que la historia dominante representa el pasado como una genealogía, como un conjunto de relatos sobre los antepasados cuya intención es clara: “generar testimonios escritos a lo largo del tiempo les permite inventar una serie de posibles usos” (1999,36), de esta manera generalizan la forma de entender el pasado de la humanidad y marcan la continuidad entre pasado y presente. Una construcción diferente es hacer una crónica de la historia realmente sucedida. La cronología conduce al extremo opuesto de una posible generalización, “desde el momento en que la historia es un cambio direccional, la cronología es fundamental para el significado histórico del pasado vigente en nuestros días” (1999, 35), se interesa por la diferencia con el presente y la experiencia de carácter colectivo.
- El historiador inglés muestra cautela ante este término difícil de definir. Explica que inicialmente refería a la historia de las clases pobres o bajas y sus movimientos sociales; luego refirió “a las obras que trataban de diversas actividades humanas que son difíciles de clasificar excepto empleando términos como <<maneras>>, <<costumbres>>, <<vida cotidiana>>.” (1999, 84); otro significado, al cual está más cercano es cuando <<social>> se utiliza en combinación con <<historia económica>>” (1999, 85). Describe algunas particularidades de la historia social o historia de las sociedades que, al mismo tiempo, son reflejo de los problemas metodológicos de este enfoque: primero, el tratar de entender la historia real, “es historia: es decir, tiene el tiempo cronológico real como una de sus dimensiones” (1999, 92); segundo, se concentra en “unidades específicas de personas que vivan juntas y sean definibles en términos sociológicos” (1999, 92); y tercero, requiere “sino un modelo formalizado y complejo de tales estructuras, por lo menos un orden aproximado de prioridades de investigación” (1999, 93). Previene también sobre el peligro de este tipo de estudios: “radica en la tentación de aislar el fenómeno de la crisis declarada del contexto más amplio de una sociedad que vive un proceso de transformación” (1999, 101).
- El autor menciona como el precursor de lo que se ha denominado la historia de los de abajo, la historia vista desde abajo o la historia de la gente corriente, a George Rudé (1999, 205).
- En tal sentido, concibe la rigurosidad histórica no como un fin en sí misma, sino una herramienta para intentar ver y transmitir todo lo que acontece en las sociedades.
- Peter Burke (1997) afirma que Hobsbawm fue uno de los primeros historiadores que empleo el término movimiento social. Si bien le critica hacerlo en forma general y abstracta, reconoce que llamó la atención sobre cuáles son sus características. Encontró además algunos elementos comunes entre los movimientos políticos y cierto tipo de movimientos religiosos. Sus aportes fueron clave en el auge de la historia social y económica en el periodo de postguerra.
- Hobsbawm explica algunas vicisitudes en la investigación histórica previa: no existe un conjunto de material sobre ella, el historiador encuentra sólo lo que busca no lo que ya estaba, no produce resultados rápidos, el tratamiento es costoso y, el problema crucial es “saber qué podemos creer cuando no hay ninguna posibilidad de cotejar la información que tenemos” (1999, 210). Los escuetos “anales de los pobres”, como son registros de nacimientos, matrimonios, defunciones, son algunas fuentes útiles. Un modelo general seguido por el historiador es: reunir una gran variedad de información a menudo fragmentaria, resolver cómo esos fragmentos de información deberían encajar unos con otros, eliminar hipótesis inútiles, aplicar su conocimiento y experiencia y, en complemento a todo ello, usar su imaginación.
- La historia de las mentalidades es una corriente derivada de la Escuela de los Annales, que busca incorporar propuestas de la sociología, la escuela psicoanalítica de Freud y la retórica del discurso. Arriarán (2007) considera que su interés central son las formas de expresión de las sensibilidades dentro de la sociedad, elementos hasta entonces considerados secundarios, en contrapeso a la importancia que se había dado al papel de la conciencia. Algunos representantes de esta escuela son Marc Bloch y Lucien Febvre inicialmente, después Jacques Le Goff, Le Roy y Michell Vovelle. Los dos últimos autores aportaron a esta corriente los estudios cuantitativos y de búsqueda de archivos.Para Hobsbawm el interés por la historia de las mentalidades se vio estimulado por los estudios de “la gente corriente”, ya que se ocupa principalmente de los individuos con dificultades para expresarse con claridad, indocumentados, activistas, socialistas pasivos, o por fenómenos generales de comportamiento social.
- Arthur Danto, W.B. Gallie, Louis O. Mink, William Dray, Hayden White, Paul Ricoeur y Paul Veyne establecen una crítica desde la filosofía sobre los nexos de la historia con la literatura, trasladando las categorías de la crítica literaria a la historiografía. Consideran que narrar es una forma de explicar o comprender lo histórico, diversificando los recursos explicativos al incorporar elementos de la ficción y la retórica. El discurso histórico expresa la investigación histórica, no es un mero instrumento, sino una representación de la historia, va más allá de lo descriptivo, articula sucesos en forma inteligible e incorpora la experiencia humana en una narración. De tal manera, el narrativismo desplaza el problema de la verdad histórica al entramado discursivo. Sus aportes fueron retomados por la microhistoria y el género biográfico en literatura.
- Como se mencionó, la noción de acontecimiento se ha ido reconfigurando. El historicismo había convertido la historia en crónicas de tratados y batallas en forma aislada, coyuntural, a los que llamaba acontecimientos; esta visión del hecho histórico estaba muy lejos de captar todo lo que en una época tiene lugar, al seleccionar sólo algunos aspectos a tratar sesgó los estudios históricos. La Escuela de los Annales se proclamaba en contra de eso y propuso un estudio no de los acontecimientos escindidos, sino del hecho social en su totalidad, es decir de las estructuras sociales, económicas, culturales, psicológicas, políticas que conforman la forma de vida; eso implicaba considerar una serie de hechos históricos que no habían entrado a la historia escrita.
- Paul Ricoeu (2007) los sintetiza así: primero, eleva la capacidad narrativa de la historia; segundo, el debilitamiento científico de la historia. Por su parte, De Certau (1972) refiere a la polémica en torno a la cientificidad de la historia con la frase “Epistemología en transición”.
- Es problema de la retrodicción, término que Veyne toma de la teoría de las probabilidades para referir a una predicción sobre el pasado, a la oportunidad de averiguar en qué consiste la causalidad histórica del mundo sublunar.
- Explica esos ámbitos de lo probable de la manera siguiente: “hay riesgo cuando es posible calcular, al menos de bulto, el número de oportunidades que tienen las distintas eventualidades…Hay incertidumbre cuando no podemos aventurar las probabilidades relativas que tienen las distintas eventualidades…Estamos ante lo desconocido cuando no sabemos ni de qué eventualidades se trata ni qué tipo de accidente puede acaecer” (1984, 100).
- Asignar un concepto a un acontecimiento (revolución, por ejemplo, o tradición), no implica que decirlo permita saber qué es, ni entender su sentido, o los motivos e ideales por los cuales se actuó, o cómo el término se usó para designar cosas muy diferentes y hasta contradictorias en otros momentos históricos.
- Su idea respecto a la discontinuidad converge con los planteamientos de Michel Foucault, quien se pregunta “¿cómo especificar los diferentes conceptos que permiten pensar la discontinuidad (umbral, ruptura, corte, mutación, transformación)?” (2010, 14). Su postura es que lo discontinuo atiende a los juegos de la diferencia, lo cual explica de la manera siguiente: “para la historia en su forma clásica, lo discontinuo era a la vez lo dado y lo impensable: lo que se ofrecía bajo la especie de los acontecimientos dispersos decisiones, accidentes, iniciativas, descubrimientos), y lo que debía ser, por el análisis, rodeado, reducido, borrado para que apareciera la continuidad de los acontecimientos. La discontinuidad era ese estigma del desparramamiento temporal que el historiador tenía la misión de suprimir de la historia, y que ahora ha llegado a ser uno de los elementos fundamentales del análisis histórico” (2010, 18). Dejó entonces de ser una fatalidad y se transformó en un concepto operatorio al invertirse su signo, ya no es el negativo de la lectura histórica, sino un elemento positivo. Tal cambio generó problemas metodológicos y teóricos a los historiadores, asegura, “la de discontinuidad es una noción paradójica, ya que es a la vez instrumento y objeto de investigación, ya que delimita el campo cuyo efecto es; ya que permite individualizar los dominios, pero que no se la puede establecer sino por la comparación de éstos” (2010, 19).
- Para completar lagunas en documentos, el historiador recurre a la síntesis histórica, rellena huecos mediante retrodicción, en tanto los acontecimientos forman una trama donde todo es explicable, pero cuya probabilidad de suceder no ha sido la misma. Plantea: “la historia de una época dada se va configurando por medio de serializaciones, por una investigación pendular de los documentos a la retrodicción, y viceversa, y los hechos mejor fundados son, en realidad, conclusiones que en gran parte son fruto de la retrodicción” (1984, 103).
- Precisa que al estudiar la causalidad no es posible incluir sus efectos, porque “el hombre es tan coherente como las fuerzas de la naturaleza y, a la inversa, las fuerzas de la naturaleza son tan irregulares y caprichosas como él” (1984, 34). Tampoco clasificar las causas por importancia, “la importancia de una u otra categoría de causas difiere de un acontecimiento a otro” (1984, 184). Todas las tramas son posibles.
- Se puede asimilar la noción de intriga a lo que Benjamin denomina núcleos de tensión en la narración de la historia.
- Al involucrarse los cineastas en la investigación histórica quizá no siempre sea con herramientas teóricas y metodológicas de un historiador, pero ayuda a ampliar la visión y al mismo tiempo precisar elementos del tema a tratar fílmicamente.
Referencias
Arriarán Samuel. 2007. “Historia y hermenéutica”. Mundialización y diversidad cultural, Tarrío María, Comboni Sonia y Quintana Roberto (coords.). México: UAM
Benjamin Walter. 2008. Tesis sobre la historia y otros fragmentos. México: Itaca
Burke Peter. 2005. Visto y no visto. El uso de la imagen como documento histórico. Barcelona: Crítica
De Certau Michael. 1972. “Una epistemología en transición: Paul Veyne”, en Historia y Grafía No. 51, revista electrónica, 2018. México: Universidad Iberoamericana.
Foucault Michel. 2010. La arqueología del saber. México: Siglo XXI
Hobsbawm Erick. 2000. Entrevista sobre el siglo XXI. Barcelona: Crítica
_____________. 1999. Sobre la historia. Barcelona: Critica
_____________. 1998. Historia del siglo XX. Buenos Aires: Crítica
Ricoeu Paul. 2007. Tiempo y narración I. México: Siglo XXI
Veyne Paul. 1984. Cómo se escribe la historia. Ensayo de epistemología. Madrid: Fragua

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