Historia de México

Ciertos discursos que conforman la comprensión histórica en nuestro país, proporcionan los marcos donde se sitúa la creación cinematográfica. Aquí se pretende identificar los acontecimientos abordados por la historia escrita que, más adelante veremos, la ficción histórica incorporó a las películas. La revisión tendrá como referente privilegiado el balance que plantea Enrique Florescano Mayet sobre el tema. Su historiografía recupera las propuestas de las vanguardias durante el siglo XIX y se guía por el enfoque de la pluralidad del ejercicio de la historia.  Un punto de interés en su obra es la recapitulación de los estudios históricos en México, donde identifica tendencias múltiples que surgen a partir de utilizar nuevas preguntas para acercarse al pasado.

Florescano invita a reflexionar que en la historia de la humanidad los conservadores del relato del pasado han sido cabezas de familia, dirigentes de una tribu, la iglesia, el Estado, la academia, o testigos de un acontecer. Los intereses de ellos son divergentes y sus características difieren de un lugar a otro. Por tal motivo, se encuentra una cantidad amplia de historias que se complementan, en algunos momentos se encuentran y en otros se oponen.  

Conforme a las tendencias de investigación en México a lo largo de varias décadas, el autor observa una clasificación de los acontecimientos que se enmarca en cuatro grandes periodos: México Antiguo, Virreinato, el siglo XIX y el siglo XX, a lo cual se agregan los acontecimientos recientes en el nuevo siglo. Los periodos expresan los momentos de transformaciones sociohistóricas del país, ahí se ubican los relatos que la cinematografía recupera. 

México Antiguo

Para Florescano la historia del México Antiguo tomó interés como área de estudio en el periodo comprendido entre 1940 y 1965. Lo cual no quiere decir que no existan registros anteriores de esta historia, sino que la tendencia había sido iniciar el conteo histórico a partir de la conquista, por lo cual abrir las formas de acercamiento al México antiguo en forma extensiva fue algo diferente.  El autor sostiene que “el relato que narraba la historia desde los inicios del mundo y su fundación del reino nació con el primer Estado olmeca y adquirió rango canónico con el poderoso Estado teotihuacano. De este canon fundador provienen las otras formas de relatar, reconstruir y transmitir el pasado” (Florescano 2004, 90).

Esta narración se ordenaba por el tiempo – lugar y se concentraba en la aparición de la tierra fértil, el nacimiento de los seres humanos, crónicas de hazañas cometidas por el grupo étnico, la fundación del reino y el registro de los hechos notables realizados por los gobernantes. Los símbolos que difundían eran los del maíz, la fertilidad, abundancia, plenitud, riqueza y vitalidad cósmicos, el sol y la luna, una imagen del reino perfecto. En torno a ellos crearon mitos, monumentos, arquitectura y todas sus expresiones artísticas 

El relato del México Antiguo concentra la historia protagonizada por el linaje gobernante, es “la narración histórica de los reinos” (2004, 50), que adopta la forma de anales, con la intención de “propagar la idea de que los gobernantes descendían de los dioses y habían nacido para ejercer el poder” (2004, 51). También incluían las alianzas inusitadas entre reinos. Habla ya de una historia política, erigida como canon histórico de la época clásica. 

Biografías, testimonios cartográficos (mapas señalando el movimiento de la gente en el espacio), anales, genealogías del linaje, libros de leyes, calendarios de fiestas y ofrendas a los dioses, libros de ciencias, cantos, son algunos registros históricos del México Antiguo. Toda cultura tenía escribanos para cada género histórico. Hasta el periodo posclásico la narración del origen del reino y la exaltación de valores identitarios del grupo sigue siendo el modelo de relato.

Con la conquista, última fase del México Antiguo, se cambió al canon cristiano o renacentista de la historia1. Florescano comenta que “la desnaturalización de la historia de los pueblos mesoamericanos comenzó con la negación de los artefactos que estos habían inventado para registrar su propia historia” (2004, 95). Las crónicas de la conquista registran la destrucción de bibliotecas y la posesión de libros fue motivo de persecución, castigo por idolatría, tortura y autos de fe. Se decretó que los registros antiguos “no llenaban los requisitos de la verdadera narración histórica” (2004, 116). Entonces la memoria indígena creó otras formas para rescatar el pasado y heredarlo, sobresalen cinco modos de transmisión de mensajes: ritos y ceremonias, imágenes visuales, calendarios, mitos y códices. Al avanzar en los estudios se reconsideró estos registros, podrían competir con la escritura de la historia en otras partes del mundo e incluso, excederla. 

Los españoles introdujeron los cronistas de Indias para narrar detalladamente la conquista. En esos tiempos crearon también los Títulos Primordiales, registros donde se vinculan los actos fundacionales de una cultura antigua con el acto fundacional de la conquista.  Posteriormente esos documentos se convirtieron, al igual que otros registros históricos, en documentos legales para justificar el despojo y la violencia contra los indígenas.  

Por otro lado, los frailes intentaron rescatar la historia de los pueblos asimilándola a la concepción cristiana, con un método histórico-etnográfico. La multiplicidad de registros de esa época genera una pluralidad de historias. Florescano enfatiza como ésta “recomposición de la memoria indígena ocurre en medio de un quebramiento radical del orden antiguo” (2004, 260). 

Los temas más estudiados desde los años 40´s sobre los primeros 1500 años de nuestra historia, son los procesos que impulsaron el desarrollo de la civilización mesoamericana, el lugar de la agricultura en ella, tecnología hidráulica, crecimiento de la población, urbanización, organización social y su relación con la organización política y religiosa de cada época. Así como el desciframiento de códices, de escritura pictográfica, concepciones rituales, ritos, mitología, astronomía, arte y el humanismo en el México Antiguo. Hoy es una de las áreas más creativas aún por explorar.

Virreinato

El segundo gran periodo de la historia, en la perspectiva de Florescano, es el Virreinato. Al igual que el anterior, fue relegado bastante tiempo al considerar la crueldad de la imposición de una forma de vida ajena. Se caracterizó como una época de explotación y oscurantismo españoles. La violencia fue un elemento central en su relato, ya sea que refiera a la imposición militar, el sometimiento físico, castigos del Santo Oficio, o la condena española a lo que consideraba la barbarie indígena.

Entre las décadas de 1930 y 1950 fue ampliamente estudiado desde otra perspectiva. Florescano distingue en esta corriente tres vías de acercamiento a la vida novohispana: “el establecimiento de lazos de identidad con la tierra que se habita, el rescate del antiguo pasado indígena para asentar en él la legitimidad de la patria que empieza a construirse y, la creación de símbolos que encarnan los valores propios” (2004, 268). 

La primera línea de estudio relata una historia donde cierto sector criollo se identificó con la sociedad indígena en la Nueva España antes o en los inicios del siglo XVIII. Este grupo poco a poco se separó de la cultura española ante las atrocidades que ejercía sobre el pueblo sometido y reconoció las prácticas culturales en el nuevo mundo. Nace así la idea de la patria criolla.  

La segunda corriente de relatos considerada por Florescano se centra en los acontecimientos de mediados del siglo XVIII, cuando en el Virreinato se rescata el pasado indígena como la imagen de un país protegido por la divinidad. El vínculo mestizo cobra gran fuerza de representatividad política y cultural para convocar a grupos y clases diferentes, como medida de legitimación. Su característica principal es la formación de lazos de identidad uniendo el antiguo emblema mexicano, el águila, con imágenes traídas de España, como los escudos o la virgen de Guadalupe.

Florescano y otros historiadores estudian la tercera vía de acercamiento de las culturas: la creación de símbolos. Piensa que estos símbolos de identidad “contradicen la historia donde se dice que la cultura española arrasó a la mexicana” (Florescano 1998, 157). Afirma que desde el siglo XVI hasta el fin de la Colonia los grupos indígenas participaron en procesos socioculturales que definen a la Nueva España y a la nación independiente.  Y agrega: “no sólo resistieron la cultura invasora, sino que imaginaron los artificios más sutiles para instalar sus propias tradiciones como símbolos representativos de grandes grupos sociales” (1998, 158).

Los estudios sobre el Virreinato abracan temas como las instituciones e ideas fundamentales de la colonia, los archivos, el carácter pluriétnico del virreinato, labor evangelizadora de diversas órdenes, el sistema económico de las haciendas, el comercio exterior, el grupo más poderoso de la colonia: los comerciantes,  la Inquisición, las artes, artes menores, la formación espiritual, pulsiones de identidad y conciencia de los criollos,   las mentalidades de los hombres-dioses indígenas, mujeres, familias y grupos marginados, la educación y las instituciones artísticas, mestizaje étnico, social y cultural. 

Siglo XIX

Florescano aborda la historia del Siglo XIX como el tercer gran periodo de la historia mexicana. Esta etapa adquirió una mayor relevancia en los estudios comprendidos entre las décadas de 1960 y 1980. Se divide en tres fases: la Independencia, la Reforma y el Porfiriato. Partiendo de la consideración de que no hubo fuertes rompimientos en esta secuencia histórica, Florescano asume que no surgieron nuevas fuerzas históricas diferentes a las anteriores, es que se determina no tratarlas por separado como se hacía en décadas pasadas. No hubo disrupción a lo largo del siglo, sino continuidad y aceleramiento de los procesos en un intento de alcanzar la estabilidad del país. En el acercamiento al pasado, al igual que en los anteriores periodos, se enfatiza la historia política.

La primera fase rescata el pensamiento liberal que guía la insurgencia armada y es evidente en documentos como el Acta de Independencia, los Sentimientos de la Nación y la Constitución de Apatzingán. Los liberales reconocen en el pueblo el origen de la soberanía y sientan las bases ideológicas para organizar la cultura nacional: “los principios constitutivos de la nación (autonomía, soberanía, libre determinación, voluntad popular, igualdad), entraron a formar parte de la memoria colectiva” (2004, 288). 

Hidalgo y Morelos impulsaron la creación de héroes y símbolos como anclajes políticos y religiosos. Morelos eleva a los dirigentes indígenas como héroes de la patria e “intento fundir el culto a los héroes de la antigüedad indígena con el culto a los héroes del movimiento insurgente” (2004, 290), colocó el emblema del águila y el nopal en una bandera insurgente. Fray Servando Teresa de Mier, primer cronista de la insurgencia e impugnador de la dominación española y de los proyectos monárquicos e imperiales que amenazan la independencia, enarbola las luchas libertarias. Carlos María Bustamante fue otro periodista insurgente que construyo un panteón patriótico, un mapa heroico y una crónica emotiva de la independencia, creó mitos, ceremonias y símbolos nacionalistas, inspirados en su patriotismo y en su indigenismo histórico, “propuso el 16 de septiembre como día de la independencia nacional y el primer monumento dedicado a honrar la memoria de los héroes de la independencia” (2004, 301).

“Los independentistas de 1821 proclamaron el 27 de septiembre de 1821 el día del nacimiento de la nación y borraron el 16 de septiembre de 1810, así como las efemérides que los primeros insurgentes habían proclamado momentos gloriosos de la gesta revolucionaria” (2004, 310). Iturbide creó símbolos militares: insignias, uniformes, galas, el ceremonial sirvieron para difundir sus programas libertarios, institucionalizó el símbolo nacional de la bandera. Para entonces ya aparecía como sujeto de la narración histórica el Estado nacional. 

La historia reciente recupera temas como la descapitalización del virreinato, crisis agrícolas, política de los borbones (secularización y modernización política), ideas de la Ilustración, desarrollo del periodismo, composición de los ejércitos y sus líderes, fases de la insurgencia y fuerzas que los derrotaron.

Por otro lado, los temas que se han investigado sobre el México Independiente refieren a las formas de gobierno y organización constitucional en la independencia, desafíos de los dirigentes, leyes liberales, ascenso constante del ejército, grupos y facciones contendientes, la anhelada paz contra las guerras civiles, las traumáticas experiencias de las invasiones extranjeras, las relaciones comerciales con el exterior y los agiotistas del gobierno, la crisis del erario, según Florescano (2001). La Guerra de Reforma y la Restauración de la República fueron fases enfatizadas en los primeros estudios sobre el siglo XIX, se glorificaron las reformas y el triunfo liberal, el nacionalismo impulsado por el grupo de Juárez contra el imperialismo y sobre la reforma social. Esto sentó las bases de un relato histórico a partir de las encrucijadas entre liberales y conservadores. No obstante en los últimos años tales temas se han relegado2

Con relación al Porfiriato, los temas de análisis histórico considerados desde la visión de Florescano, incluyen la política interior, sociedad, economía y relaciones internacionales, vínculos con la economía internacional (principalmente de Estados Unidos), gobierno centralizado con lazos fuertes en la clase media (hacendados y élites regionales), la agricultura de exportación que establece una diferencia en las regiones del país, proceso de modernización, el apoyo de los intelectuales positivistas al gobierno bajo el lema  “libertad, orden y progreso”,  justificación de la dictadura y el afianzamiento del nacionalismo. En otra vía se abordan conflictos y rebeliones sociales, demandas anarquistas y socialistas.

En los relatos del periodo sobresale el surgimiento de un nacionalismo “mezcla de patriotismo criollo, neoaztequismo, antihispanismo, antiimperialismo, sumado a una búsqueda de costumbres, tipos humanos, paisajes y expresiones artísticas y literarias” (2001, 62). Corriente que mediante el programa educativo vincula la conciencia histórica nacional. 

Siglo XX

En cuanto a la historia del Siglo XX, en la perspectiva del autor, se centra en la Revolución Mexicana. De 1930 y hasta la década de 1980 la historiografía da cuenta del discurso de los orígenes e identidad de la nación, recupera “un conjunto de proyecciones, símbolos, evocaciones, imágenes y mitos que sus actores, intérpretes y herederos forjaron y siguen construyendo” (2001, 71). Posteriormente, con la política neoliberal y los cambios políticos en el país, el discurso de la revolución se volvió incómodo.

Florescano identifica tres generaciones de estudios del siglo XX: la primera fue contemporánea al acontecimiento, relatada por historiadores que participaron en los hechos o fueron testigo, por lo cual tenían un compromiso directo. La segunda la realizaron historiadores académicos en las décadas de 1950 y 1960 y los temas que abordan son antecedes, origen y desarrollo del proceso revolucionario, al cual se califica de popular, agrarista, nacionalista y antiimperialista, cuyo logro fue derrocar al régimen anterior. La tercera generación, plasmada en las décadas de 1960 y 1970, cuestiona los cambios y resultados de la Revolución, la compara con la Revolución Cubana ante la cual aparece como disminuida, fracasada o traicionada, se le califica apenas como una gran rebelión; esta corriente incorpora la historia oral, la voz de los de abajo, historia militar, las relaciones diplomáticas y económicas con el exterior que influyeron en el proceso revolucionario.

El revisionismo de las últimas décadas del siglo, califica la Revolución como “una lucha entre grupos frustrados de las clases privilegiadas” (2001, 78), donde las masas fueron involucradas en forma intermitente y regional. Los temas que destaca son las fases de los movimientos revolucionarios, diferencias irreconciliables entre caudillos que se reflejan en la Convención Revolucionaria, el aspecto cultural, los intereses extranjeros en la revolución, estudios económicos, agrarios, incorporan relatos sobre los serranos rebeldes, el nuevo Estado revolucionario, la agitación que genera un nuevo nacionalismo reforzado, la violencia, las pulsiones populares ocultas (que había aparecido desde principios del siglo en la literatura), lo que se ha denominado subsuelo y que “descubre la presencia de una realidad social aplastada por los valores políticos y culturales del Porfiriato” (2001, 104), el nacionalismo en el cine, en la música y estudios sobre el movimiento anarquista.

Quizá una de las conclusiones que es posible derivar de la minuciosa revisión de Florescano es que el ejercicio de la historia en México es plural, en una multiplicidad de perspectivas, orientaciones ideológicas, métodos y ámbitos contextuales, tanto como en las estrategias de reconstrucción. Sin embargo, el autor advierte: “la investigación histórica se contaminó de crisis, ciclos, coyunturas y transformaciones económicas, demográficas, sociales y políticas” (2004, 434). Ahora incluye, tanto “representaciones de la conciencia colectiva (“mentalidades”), como el análisis de la religión, mitos, el poder, desarrollo urbano, el discurso del historiador, los sistemas educativos y alimenticios, el cuerpo, la locura, sexualidad” (2004, 436). La historiografía prefiere la explicación y se interesa “por los sectores populares, por los rincones olvidados de la vida cotidiana y ha incursionado con provecho en la historia de los marginados y de los “pueblos sin historia” (2004, 436)3.

En la obra de Florescano ya no se analizan los estudios del periodo posrevolucionario, ni la Guerra Cristera o la Segunda Guerra Mundial. Tampoco la etapa del México Contemporáneo donde se inscriben conflictos como el movimiento de 1968, la Guerra Sucia o el Movimiento Zapatista. Acontecimientos que en algún momento la visión dominante de la historia en México consideró aislados, de poco alcance, o simplemente se negaron, a pesar de ello han sido objeto de algunas de las obras más significativas de la historiografía contemporánea, o bien de análisis desde diversas perspectivas que, a pesar de ser polémicas, como toda historia reciente merecen consideración especial. No obstante, el panorama de su trabajo revela aspectos clave del desarrollo de nuestro pasado y la pluralidad de voces que integran la historia e historiografía nacional, para lo cual aporta suficiente.    

Su obra divulga la relevante apertura alcanzada en la investigación, no obstante, muchos temas y posturas críticas sobre los acontecimientos sólo se conocen en sectores reducidos. La visión dominante de la historia es la que prevalece y se difunde mediante programas de la educación básica y media, medios de comunicación y eventos oficiales. En ellos se minimiza la importancia de ciertos acontecimientos y sujetos históricos que son parte de la historia de la clase popular, al asignarles el carácter de hechos aislados. Estos son retos a afrontar por las diferentes formas de escritura de la historia, incluido el cine.

Este panorama de multiplicidad de las historias enriquece la observación e interpretación de los temas y las formas de narrarlos en una película de ficción. A partir de este panorama se puede concluir que un rasgo característico del cine histórico de ficción mexicano es la ampliación de sus posibilidades de expresión al crear un discurso narrativo donde se resignifica la tradición para reflejar la dinámica social y evidenciar la relación entre historia y política. El ensanchamiento del contexto enriquece la trama histórica, le da un carácter cultural. La ficción actúa como instrumento de análisis de las condiciones sociales, políticas, culturales e históricas.  

En el caso de la filmografía de producción reciente, este cambio coincide con los procesos de alternancia en el poder. Se busca recuperar cierta historia, corregir el pasado, modernizarlo, para generar identificación con los nuevos gobiernos. 

Notas al pie

  1.  La condición plural de las aproximaciones que se proponen desde diversas disciplinas, diferentes momentos históricos, inscripciones culturales divergentes, perspectivas historiográficas variadas y obras diferenciadas, complejiza ordenar las referencias a historiadores sobre estos temas. Para evitar incurrir en yuxtaposiciones, errores u omisiones, a lo largo de toda esta sección se evitará mencionar autores y obras. 
  2.  Aunque Florescano no discute sobre esa postura de desplazamiento del tema, podemos imaginar varios motivos: la crisis de los nacionalismos, la política neoliberal, el incumplimiento de las reformas sociales, la relación de los gobiernos recientes con la Iglesia, o las dificultades del Estado para mantener la paz.
  3.  No quiere esto decir que hay un acuerdo con lo que dice el autor, muchas aseveraciones son sumamente cuestionables, mas no es el interés de este trabajo centrarse en ello, sino tener una noción general de la multiplicidad de historias mexicanas.

Referencias

Florescano Enrique. 2004. Historia de las historias de la nación mexicana. México: Taurus 
_______________ . 2001. El nuevo pasado mexicano. México: Cal y Arena
_______________ . 1998. La bandera mexicana. México: Fondo de Cultura Económica Zacatecas. Agosto de 1910-junio de 1914. México: Conaculta